El abandono masivo de vivienda en fraccionamientos del norte del Estado de México —particularmente en Zumpango, Huehuetoca y Tecámac— representa uno de los capítulos más complejos del desarrollo habitacional mexicano de las últimas décadas. Miles de familias que adquirieron un inmueble con la expectativa de construir patrimonio terminaron por abandonarlo, dejando atrás colonias con calles vacías, fachadas deterioradas y servicios que nunca llegaron a consolidarse.
El crédito hipotecario, aunque presente en la mayoría de los casos, no basta para explicar por sí solo el fenómeno. La decisión de dejar una vivienda pagada responde a un conjunto de factores que van más allá de la capacidad de pago: la distancia excesiva a los centros de trabajo, la ausencia de transporte público eficiente, la carencia de equipamiento urbano básico —escuelas, hospitales, comercios— y la sensación de inseguridad en entornos semidesiertos contribuyeron a que el inmueble dejara de ser una solución de vida y se convirtiera en una carga. Para muchas familias, el costo de trasladarse diariamente desde estos municipios resultó inviable antes de que el crédito se liquidara.
Un modelo de desarrollo que falló en lo urbano
El patrón que se repite en estas zonas es el de proyectos habitacionales que se construyeron a gran escala en suelo barato y alejado de la mancha urbana consolidada, impulsados por una política de vivienda que priorizó la escrituración masiva sobre la habitabilidad real. Los desarrolladores entregaron unidades, pero el entorno nunca maduró: sin conectividad, sin servicios suficientes y con espacios públicos que se deterioraron rápidamente, el tejido social no logró arraigarse. El resultado fue un entorno físico que aceleró el abandono en lugar de desincentivar lo.
El deterioro de estos fraccionamientos tiene implicaciones que trascienden lo social. Los inmuebles desocupados pierden valor de mercado, dificultan la recuperación del crédito otorgado y generan un pasivo urbano que los municipios no siempre tienen capacidad de atender. Para el sector inmobiliario, el caso del norte del Estado de México sigue siendo una referencia ineludible sobre los riesgos de separar la producción de vivienda de la planeación del territorio: construir sin ciudad no genera patrimonio; genera inventario que nadie habita.